A pesar de los daños estructurales y la caída de sus transmisores, la mayoría de las emisoras comunitarias del Valle del Cauca se han recuperado y se han convertido en el principal canal de apoyo y orientación para las comunidades afectadas por el fuerte sismo que sacudió la región.
El terremoto, que dejó una estela de daños materiales y zozobra, encontró en las frecuencias comunitarias a un aliado inquebrantable. Aunque varias sedes sufrieron agrietamientos, caída de techos y la quema de equipos por sobrecargas eléctricas, el espíritu de servicio ha primado. Emisoras como Oriente Estéreo en Cali, que estuvo sin energía dos días, o Guacará Estéreo en La Victoria, que permaneció tres días en silencio, ya retomaron sus señales y trabajan en la difusión de rutas de evacuación y puntos de atención.
Un caso ejemplar es el de Litoral Estéreo en Buenaventura. Gracias a la activación de su planta eléctrica, se convirtió en la única voz en el aire durante tres días en el puerto, manteniendo informada a toda la ciudad. Su señal fue vital para coordinar avisos de emergencia y transmitir mensajes de aliento a los sobrevivientes, demostrando que, en medio del caos, la radio sigue siendo el medio más cercano y eficaz.
Sin embargo, no todo ha sido recuperación técnica. La tragedia también tocó las fibras más sensibles de la familia radial. En el departamento del Chocó, el director de la emisora Lloró Estéreo sufrió la pérdida de su padre, quien falleció a causa de un paro cardíaco después del sismo. Esta situación refleja que, más allá de los equipos dañados, el personal de estas emisoras también ha enfrentado pérdidas humanas que enlutan a sus comunidades.
A pesar de estas dificultades, el balance es alentador. Emisoras como ACN Radio en Palmira, que vio caer su transmisor y radioenlace, siguieron al aire con equipos móviles; y Norte Estéreo en Ansermanuevo, a pesar de la quema de su generador, ya gestiona la reposición de sus equipos. Otras, como La Uva Estéreo y El Cairo Stereo, que estuvieron sin energía hasta cuatro días y sufrieron graves daños estructurales, hoy retransmiten cadenas de ayuda y coordinan brigadas con las autoridades locales.
En municipios como Guacarí, Palmira, Buga y Calima, las emisoras Más FM, Ke Buena, Cuántica Estéreo y La Gozadera están en proceso de rehabilitación de sus sistemas de transmisión, pero ya se han articulado con redes de emergencia para no dejar a sus oyentes sin información.
CHOCÓ: EL EPICENTRO DEL DOLOR Y DE LA RESISTENCIA RADIAL
Mientras las emisoras del Valle del Cauca se recuperaban, en el departamento del Chocó, donde el sismo tuvo su epicentro exactamente en el municipio de San José del Palmar, la situación fue y sigue siendo de una complejidad mayúscula. Allí, la tierra se movió con una furia que dejó marcas profundas no solo en la infraestructura, sino en el alma de una población que, una vez más, demostró su resiliencia.
San José del Palmar, es el punto cero de esta tragedia. Su emisora comunitaria, a pesar de las fisuras que hoy recorren sus paredes y el agrietamiento de su sede, no ha bajado la guardia. Con equipos sostenidos con cuerdas y micrófonos que funcionan a duras penas, se ha convertido en el corazón informativo de toda la zona montañosa. Desde allí, se coordinan las rutas de acceso, se reportan las vías bloqueadas por deslizamientos y se mantiene enlazada a la población dispersa que habita en las riberas de los ríos Atrato y San Juan, cuyas cuencas son la única carretera líquida para llegar a decenas de comunidades afro e indígenas.
Pero el esfuerzo no se concentra solo en la cabecera municipal. A lo largo de la cuenca del río Atrato y del río San Juan, las emisoras han desplegado una operación de comunicación sin precedentes. En municipios como Istmina, Condoto y Quibdó. Lloró y Riosucio, los locutores se han convertido en gestores humanitarios: sus transmisores, algunos reparados con piezas recicladas, son el único hilo conductor entre los poblados ribereños y los centros urbanos. A través de sus ondas, se han canalizado pedidos de ayuda humanitaria, se han reportado desaparecidos y se ha coordinado la llegada de medicinas y alimentos a las veredas más apartadas, donde ni el teléfono celular llega.
En el litoral del Pacífico, la labor ha sido igualmente titánica. En Bahía Solano, Nuquí y Jurado, tres municipios donde el mar y la selva se abrazan, las emisoras comunitarias han trabajado sin descanso, muchas veces desde sedes que presentan graves daños estructurales—techos caídos, paredes inclinadas y equipos que bailaron al ritmo del sismo—pero que siguen al aire. Su misión ha sido clara: conocer el estado real de cada familia, de cada comunidad. En estas zonas, donde la dispersión poblacional es extrema y las vías de acceso son casi inexistentes, la radio ha sido la única herramienta para hacer un censo de afectaciones, para saber quién necesita ayuda, quién perdió su vivienda y quién está atrapado por un derrumbe.
Los locutores de estas emisoras, muchos de ellos trabajando en condiciones de alto riesgo, han asumido el rol de primeros respondedores. Con sus voces, han tranquilizado a la población, han desmentido rumores y han transmitido instrucciones claras sobre cómo actuar ante las réplicas. A pesar de que el miedo aún se siente en cada réplica, ellos siguen ahí, porque saben que su silencio significaría el aislamiento total de miles de personas.
Y en medio de este escenario de solidaridad, el dolor también ha tocado las puertas de las cabinas. En Lloró, la emisora local vive uno de sus momentos más amargos: el padre de su director falleció a causa de un paro cardíaco después del terremoto. Sin embargo, incluso en medio del luto, la emisora no ha cesado sus transmisiones, honrando la memoria de quien partió con la certeza de que la radio sigue siendo el instrumento más poderoso para la cohesión y la solidaridad.
Hoy, las emisoras del Chocó no solo informan, son el pegamento social que mantiene unida a una región golpeada por la naturaleza pero fortalecida por su gente. Sus micrófonos abiertos son la prueba de que, en los territorios más olvidados, la comunicación comunitaria no es un lujo, sino una cuestión de vida o muerte. Con fisuras en las paredes pero con la convicción intacta, estas voces del Pacífico y del Atrato siguen narrando la esperanza de una reconstrucción que apenas comienza.
Desde el Valle del Cauca hasta el extremo más remoto del Chocó, la radio comunitaria ha demostrado que, cuando la tierra tiembla, sus ondas se vuelven firmes. No hay daño estructural que pueda silenciar el compromiso de quienes entienden que informar es también salvar vidas. La radio está viva, y con ella, la esperanza de toda una región.

